domingo, 22 de agosto de 2010

Felipillo, el inquieto

Felipe Solá es un eminente político con más de 20 años de carrera, y un experto en manejar los libros de pase pre y pos electorales.

Después de descollar como ingeniero agrónomo, Felipe optó por la política. Seguramente porque creía que podría cambiar el mundo. Pero, diría la filósofa número uno de la Argentina, Mafalda, el mundo lo cambió a él. Y no cualquier mundo, el mundo político.
Fiel a su especialización, fue ministro de Asuntos Agrarios de la Provincia de Buenos Aires durante la gestión de Antonio Cafiero. En 1989 dejó el cargo para pasar a la Nación, primer pase: sería secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca del gobierno de Carlos Menem, curiosamente el tipo que le ganó las internas a Cafiero poco antes.
Varios años después, en 1999, secundó a Antonio Ruckauf en la fórmula para la gobernación de Buenos Aires y le tocó bailar con la más fea: Ruckauf lo dejó en 2002, cuando el padrino de ambos, Eduardo Duhalde, tomó la presidencia. El movimiento del mercado fue abrupto: Ruckauf a la vicepresidencia y el pobre Felipillo a bancarse el descalabro de la provincia de Buenos Aires, ahora como Gobernador.
Pero le fue bien, de hecho, bastante bien. En 2003 ganó las elecciones para, ahora sí, asumir como Gobernador titular. Y no se cansaba de darle las gracias a Duhalde, el hacedor de la gesta.
Le dio las gracias, decíamos, gracias por todo y nos vemos. Porque en 2005 se sumó a las filas kirchneristas y fue clave para que los K tomen el PJ bonaerense sobre, ¿adivinen quién? Eduardo Duhalde.
Con el conflicto del campo, las corporaciones agrarias tocaron su corazoncito de ingeniero y rompió con los K. Imaginamos las lágrimas, de emoción por supuesto, por su tercera ruptura: primero Cafiero, luego Duhalde, y ahora Kirchner.
A su pesar, el regreso del hombre de Banfield al terreno político lo sumió bajo su sombra. Seguramente se sintió como esos jugadores que se van a Europa a probar suerte, les va mal y regresan a su club. Todos los saludan, las hinchadas los corean, pero otros lo miran de reojo: “este mete dos goles y se vuelve a ir. Además está a préstamo”.
Con Duhalde, ingeniero político de profesión, armó ese extraño conglomerado neoliberal liderado por Francisco de Narváez y Mauricio Macri. Intentó robar un poco de protagonismo entre los dos monstruos, pero no era tan rico, tan alto ni tan cool. Por el contrario, parece un hombrecito bueno, con sus bigotitos tupidos canosos y esos ojitos chicos. Nada que ver con Isidoro Cañones en versión al cuadrado: Mauricio y Francisco, Sevel y Casa Tía.
Quedó sumido, escondido detrás de ellos, pero logró instalarse con fuerza en el Peronismo Federal, una escisión de un kirchnerismo avasallador y testarudo, que le quería sacar la gallina de los huevos de oro a la Sociedad Rural. ¡Atrevidos!
Desde ese sector, marcó su camino y no redujo ni un centímetro a sus aspiraciones presidenciales. Insistentemente, sigue autopostulándose como el próximo ocupante del Sillón de Rivadavia. No afloja. Dice que está haciendo una construcción política pero carece de aliados fuera de provincia de Buenos Aires, su verdadero bastión. Como lo sabe, porque Felipe es inteligente, apoya su cabecita tiernamente en el regazo de Duhalde, mientras oculta sus manos haciendo cuernitos. Porque no quiere secundar a nadie, quiere todo para él.
Entonces, cada vez que tiene un espacio mediático lanza los dardos, aunque, pobrecito, suele caer en pequeñas trampitas tendidas por él mismo. Por ejemplo, pide internas para tutearle a Duhalde o Rodríguez Saa el liderazgo del Peronismo Federal. Dice que la principal diferencia con el de Banfield radica en que él es “más moderno”. “No pienso en la sociedad argentina en términos corporativos”, y cuando dice esas palabras, todos asentimos: si vive cambiando de facciones, difícil creer en los corporativismos. Pero, así de impredecible es él, nos sorprende cuando se introduce en la cómoda manta del corporativismo peronista: “los peronistas votamos peronistas", sentencia cuando alguien le sugiere que Macri, uno de los lindos, podría ser candidato presidencial.
Y otra vez, después de salir del corporativismo y entrar en el corporativismo, vuelve a salir de él: “no hay que descartar la posibilidad de una alianza de ninguna manera”. Uno de los nombres que maneja su grupo, pues de a poco el mercado de pases va tomando color, es Lilita Carrió.
En la misma entrevista, y sin ponerse colorado, acusa a Duhalde de corporativista, sentencia que sólo votaría a un peronista, pero busca una alianza electoral con Carrió, una radical. En fin, contradicciones de la política argentina.  

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